Los seres humanos tienden a pasar buena parte del día de pie o, a lo sumo, sentados.
Sólo al llegar la noche –los más ociosos también tras el almuerzo- se tienden en posición horizontal sobre una superficie blanda conocida popularmente como cama; los más cultivados y pedantes la denominan también tálamo o lecho.
Este tipo de mueble se sustenta normalmente sobre cuatro patas y puede ser individual o de matrimonio; cierto es que a veces la pareja yaciente –pecadores…- no ha recibido este sacramento.
El caso es que sus ocupantes entran en una especie de letargo. Si son dos o más los postrados se entregan –no siempre y con mayor frecuencia en sábado- a una especie de juego afectivo acabando uno encima de otro o en posturas –basta oír sus gemidos- aún más embarazosas e incómodas.
Para entrar en la cama o “acostarse” es conveniente vestir ropa cómoda. Se apartan entonces colcha y manta e, introduciendo una de las piernas entre sus sabanas, se procede a deslizar el resto del cuerpo en su interior. Para saber cuál es la posición correcta y decidir dónde deberemos colocar la cabeza, nos bastará con localizar la almohada, un aditamento acolchado al que nos abrazaremos para no ser engullidos por el colchón; los más voraces son los de lana.
Abandonarla –sobre todo los lunes- parece más complicado. Si bien basta seguir el proceso inverso al antes mencionado, los humanos se ven obligados a servirse de un adminículo conocido como despertador que emite un sonido estridente. Excelente acelerador del ritmo cardiaco anima a los durmientes a recuperar la verticalidad diurna.
Conviene, eso sí, levantarse siempre -háganme caso- con el pie derecho.
En fin.
(Excelente foto de M. Jesenska)