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Archivo: Febrero 2008

Andiamo!

birlibirloque 29/02/2008 @ 09:06

            No; no sabría decirles en qué momento ocurrió; ni siquiera en cuál de los estantes del estudio. Fue, eso sí, en invierno; aquel enero en que una densa bruma cegaba, como una gasa blanca, la ventana.

            El caso es que una tarde decidí releer El Quijote y -¡hostia!- vi que el ejemplar estaba inexplicablemente en italiano: aún me veo a mí mismo con el libro abierto y el gesto descolocado.

            Poco a poco el número de volúmenes en la lengua de Dante fue creciendo; los libros –mis libros- se fueron transmutando.

            La experiencia llegó a ser desquiciante cuando el último texto al que me aferraba, un humilde manual de cocina, decidió abjurar también del castellano. No sabría decirles en qué momento ocurrió. Fue, eso sí, en primavera: se veía tan hermoso el Ponte Vecchio desde la ventana...

Bona sera.

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Peatones

birlibirloque 27/02/2008 @ 11:22

 

            Aparte de los lugares de encuentro convencionales como bares, cines o cafeterías, los seres humanos se suelen agrupar en los pasos de cebra.

            Se apostan unos frente a otros, impacientes, y, guiados por una señal convenida del semáforo o del sentido común, se lanzan como posesos unos hacia otros. Pero esta impulsividad apenas dura unos instantes pues, justo en el preciso momento en que deberían encontrarse, se esquivan disimulada o descaradamente.

            Muy pocos son los que se detienen en mitad de la carretera o de la calle y se dan un abrazo, un apretón de manos, uno de esos curiosos besos...

            A pesar de que este tipo de espacios acotados con rayas blancas son muy numerosos, el tiempo del que se dispone para cruzarlos es tan limitado que resulta difícil relacionarse e intimar: para cuando se balbucea un buenos días o está usted preciosa, señorita, el semáforo se cierra o un vehículo los disuade de seguir en la vía pública.

           Una lástima. Se los ve –no sé...- tan solos.

 

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Cómo levantarse de la cama

birlibirloque 20/02/2008 @ 12:15

            Los seres humanos tienden a pasar buena parte del día de pie o, a lo sumo, sentados.

            Sólo al  llegar la noche –los más ociosos también tras el almuerzo- se tienden en posición horizontal sobre una superficie blanda conocida popularmente como cama; los más cultivados y pedantes la denominan también tálamo o lecho.

            Este tipo de mueble se sustenta normalmente sobre cuatro patas y puede ser individual o de matrimonio; cierto es que a veces la pareja yaciente –pecadores…- no ha recibido este sacramento.

            El caso es que sus ocupantes entran en una especie de letargo. Si son dos o más los postrados se entregan –no siempre y con mayor frecuencia en sábado- a una especie de juego afectivo acabando uno encima de otro o en posturas –basta oír sus gemidos- aún más embarazosas e incómodas.

            Para entrar en la cama o “acostarse” es conveniente vestir ropa cómoda. Se apartan entonces colcha y manta e, introduciendo una de las piernas entre sus sabanas, se procede a deslizar el resto del cuerpo en su interior. Para saber cuál es la posición correcta y decidir dónde deberemos colocar la cabeza, nos bastará con localizar la almohada, un aditamento acolchado al que nos abrazaremos para no ser engullidos por el colchón; los más voraces son los de lana.

            Abandonarla –sobre todo los lunes- parece más complicado. Si bien basta seguir el proceso inverso al antes mencionado, los humanos se ven obligados a servirse de un adminículo conocido como despertador que emite un sonido estridente. Excelente acelerador del ritmo cardiaco anima a los durmientes a recuperar la verticalidad diurna.

            Conviene, eso sí, levantarse siempre -háganme caso- con el pie derecho.

 

             En fin.

 

 

(Excelente foto de M. Jesenska)

Tango

birlibirloque 15/02/2008 @ 09:10

                                                                                              

            No sé, Paula, tesoro, por qué eres tan celosa. No; no sé cómo te has hecho esa peli tan rara; en qué te basas  para tirar por la ventana  toda una vida juntos; que para Abril, date cuenta, hará veinte años que nos dimos el sí en La Almudena.           

            ¿Qué te hace creer que estoy enamorado de esa chica que nos cuida a la abuela por las tardes? Agradecido, sí, porque la muchacha es cariñosa, se desvive y pone a la abuela a hacer pis sin arrugar el morro. ¿Y paciencia? Ni el santo Job: que tu madre –reconócelo- cuenta siempre las mismas batallas y la pivita argentina le escucha siempre con esa sonrisa...         

            No sé por qué pensás eso, boluda; si vos sós -lo sabés- la mujer de mi vida.  

            En fin.  

Titulares

birlibirloque 14/02/2008 @ 15:59

La mujer del tren desplegó el periódico.

El hombre que viajaba a su lado desvió la vista hacia el diario. Al principio, tímidamente; luego, tras ponerse unas gafas graduadas, con total desparpajo. Se sentía incómodo así, con la cabeza ladeada, y acabó pasando el brazo por sus hombros.

Si quiere usted echarle un vistazo, caballero... -se enfadó ella, plegándolo y tendiéndoselo.

El hombre del tren lo abrió entonces por la sección de deportes.

La mujer desvió los ojos hacia las noticias. Al principio, tímidamente; luego, sin ningun recato.

Se sentía incómoda así, con la cabeza inclinada, y acabó apoyándola sobre el antebrazo de aquel tipo.

Terminaron haciendo el amor en un hotel que se anunciaba en la página 14.

En fin.

Envidia cochina

birlibirloque 07/02/2008 @ 08:49

envidia-cochina.jpgEnvidio profundamente a la compañera de enfrente: cada semana, sobre sus ladrillos, se anuncia el último estreno en El Capitol. Las parejas se detienen y hacen planes para el sábado.

También tuvo suerte la cabina de la plaza: en sus cristales hay ofertas y demandas de trabajo, pisos en venta o en alquiler. Los peatones se detienen y arrancan, ilusionados, sus pestañas de papel.

Hasta la valla del instituto ha salido mejor parada: sobre sus rejas los muchachos cuelgan pancartas reivindicativas y convocatorias de huelga. Los ciudadanos las contemplan con nostalgia; ellos también, a su edad, intentaron cambiar el mundo.

No;no sé por qué coño me tuvieron que escoger a mí, una humilde marquesina, para pegar las esquelas.

En fin.


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