Frente frío
Nunca fui mujer de un solo paraguas. Pocos, muy pocos me han durado semanas; la mayoría días contados.
Y no, no es cuestión de olvido o memoria. Si los abandono –escojo minuciosamente el espacio y el momento- en el metro o sobre la mesa de un restaurante es, simple y llanamente, por desamor.
Necesito cada vez más tiempo para superar esos naufragios. Paso meses buscando un nuevo candidato: prefiero, después de tanto fracaso, calarme hasta los huesos a equivocarme. Me pateo tiendas y centros comerciales: unos chulean de doble varilla, otros –los más vulgares- de centímetros de contero; los plegables juran y perjuran que se adaptarán a mi vida.
Este otoño torrencial me ha hecho precipitarme: ahí lo tienen, en el atestado paragüero de esta cafetería. Sí, el estampado.
Como lo pierda de vista o lo deje de la mano, me abandonará y se irá con cualquiera. No; no parece –fíjense cómo presume de mango- paraguas de una sola mujer.
En fin.

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