Tardes de terraza

El resto del año era un lugar inhóspito. El balcón de ese décimo piso está orientado al Norte y sólo en pleno verano los habitantes de la casa se acodan en su barandilla. No; el resto del año apenas apartan la cortina para decidir qué abrigo ponerse o regresar a la cama y arrebujarse en medio de una tormenta de granizo.
Es avanzado Julio o a primeros de Agosto, con un cigarrillo entre los dedos o recostados en una tumbona cuando descubren el lugar donde viven desde una perspectiva asombrosa. La ciudad que contemplan no les parece la misma por la que caminan a diario. Ven edificios desconocidos; jurarían que aquellas colinas que quiebran en ese punto el horizonte nunca estuvieron allí; que esa calle que hierve bajo sus pies -menuda tontería- no es tampoco la que corresponde a su domicilio.
Tampoco el mar. Porque ellos hasta esta aciaga tarde en que se les ha ocurrido asomarse a la terraza, vivían –así lo creían ellos al menos- en Segovia. De hecho, desde el salón se ve el acueducto. Asómense, si no me creen.
En fin.

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