Peatones
Aparte de los lugares de encuentro convencionales como bares, cines o cafeterías, los seres humanos se suelen agrupar en los pasos de cebra.
Se apostan unos frente a otros, impacientes, y, guiados por una señal convenida del semáforo o del sentido común, se lanzan como posesos unos hacia otros. Pero esta impulsividad apenas dura unos instantes pues, justo en el preciso momento en que deberían encontrarse, se esquivan disimulada o descaradamente.
Muy pocos son los que se detienen en mitad de la carretera o de la calle y se dan un abrazo, un apretón de manos, uno de esos curiosos besos...
A pesar de que este tipo de espacios acotados con rayas blancas son muy numerosos, el tiempo del que se dispone para cruzarlos es tan limitado que resulta difícil relacionarse e intimar: para cuando se balbucea un buenos días o está usted preciosa, señorita, el semáforo se cierra o un vehículo los disuade de seguir en la vía pública.
Una lástima. Se los ve –no sé...- tan solos.


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