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Categoría: Micros

Starring

birlibirloque 14/03/2008 @ 11:48

A fuerza de ir siempre contracorriente, a base de sustos y sorpresas, mi vida dejó, padre, hace tiempo, de causar asombro.

¿A qué no sabes a quién lo han pillado fumando en los lavabos? ¿A qué no sabes quién se casa de penalty?

Con cada pregunta el grupo de candidatos se iba diezmando y definiendo, el número de excéntricos que podía saltarse lo establecido y reírse de la vida iba menguando con el paso del tiempo. Blas; la respuesta era ya -compréndalo- demasiado evidente. Era Blas el que se había hecho un lifting, quien se había lanzado en paracaídas, quien salió en El Diario de Patricia; sí, sólo podía ser yo quien patinaba a los sesenta a riesgo de romperse una cadera.

Ni el surf ni el puenting. Blas, fue Blas -se respondían unos a otros sin el menor atisbo de duda.

Por eso he decidido ponérselo más difícil: ¿Sabes quién se ha muerto? -se preguntarán mañana al mediodía.

En fin.

Lejos

birlibirloque 07/03/2008 @ 12:19

lejos1.jpgHa llegado un momento -a pesar del silencio oficial- en que resulta imposible negar lo evidente: la capital del país está, inexplicablemente, cada día más lejos. Basta fijarse en los cuentakilómetros de los coches o en el tiempo, cada vez mayor, que invierten los trenes en el trayecto.

Desde Santander mismo, que hace apenas un par de años se encontraba a cuatro horas escasas de la Villa y Corte, los viajeros necesitan media jornada; como si la autovía se hubiera ido día a día dilatando.

En vano actualiza el MOPU las nuevas distancias pues, nada más fijar las señales, deben ser reemplazadas por otras, más acordes con la realidad.

RENFE ha tenido que corregir el nombre de su línea de Cercanías y los vecinos de Tres Cantos, Móstoles o Torrelodones que trabajan en Madrid se despiden de sus familias con lágrimas en los ojos como si fueran a afrontar un viaje cada vez más interminable.

Los mapamundis, las fotos del satélite y hasta Google Earth han empezado a mostrar una Península desproporcionada, con ínfulas de continente, que va robando terreno al mar y engullendo los archipiélagos.

Las distancias más cotidianas, las que separan a la gente de la farmacia o del supermercado, deben cubrirse en coche.

Hasta los pasillos de las casas se han convertido en infinitos corredores. De hecho no sé -les ruego me disculpen- si llegaré a tiempo al baño.

En fin.

Reproducirse

birlibirloque 06/03/2008 @ 08:51

reproducir.jpg

Existen verbos inquietantes. Posiblemente uno de ellos sea reproducirse.

El vecino de arriba se ha reproducido varias veces con muy desiguales resultados. Al fin, con la séptima reproducción parece haberse quedado -tiene su misma cara- satisfecho.

El matrimonio joven del ático llevaba años intentando reproducirse pero -no es una mera cuestión de voluntad- no lo conseguía. Al final adoptaron una niña china que -seamos sinceros- reproducirles, lo que se dice reproducirles, no les reproduce a ninguno de los dos pero que les ha hecho muy felices.

A mí me da como miedo reproducirme. En mi vientre crece, según ese término, una copia, una reproducción que intentaré pulir, igualar con el original, que es una copia de otro original que también fue una copia, una reproducción de otro original que no fue sino una copia.

Menos mal que salgo de cuentas este mismo viernes...

En fin.

Alta velocidad

birlibirloque 04/03/2008 @ 10:42

Los lunes se acercaba a la librería y empleaba toda la tarde en escoger un buen título.

A mitad de semana hacía cola en las ventanillas de largo recorrido. Allí, según la extensión del volumen, tomaba un billete de ida y vuelta con algún -León, Madrid, Córdoba- destino.

Acomodado ya en el vagón abría el libro. Mientras el relato avanzaba, el convoy cruzaba El Bierzo o sorteaba Despeñaperros.

Los años y las responsabilidades le hicieron conformarse con un abono de metro y una novela en préstamo de alguna biblioteca pública. Su mujer y sus hijos compartieron y toleraron aquellas horas eternas -"ya está bien, tesoro; volvámonos a casa"- viajando en el suburbano. Avanzaba la trama y sobre sus cabezas se extendía La Castellana o Nuevos Ministerios.

La edad aconsejó ingresarlo en una residencia. Mientras avanza la intriga deja atrás la habitación 504 y se detiene bajo una pérgola. Su nieta -chucuchucuchu...- imita, incansable, el sonido de un tren y mece la silla de ruedas.

En fin.

En el aire

birlibirloque 03/03/2008 @ 12:57

El locutor daba las noticias de madrugada; sin mucho convencimiento, con la íntima sospecha de que más de una noche nadie le escuchaba.

La primera vez fue una gamberrada, un motín contra las bajas presiones que le aguarían el fin de semana. Así, al llegar a la información meteorológica dijo -quién coño se iba a dar cuenta- todo lo contrario de lo que el guión vaticinaba. Cielos despejados y temperaturas primaverales -aseguró por el micrófono sin que apenas le temblara la voz. A la mañana siguiente el tiempo era apacible y los termómetros rozaron los veinticinco grados.

Semanas más tarde, felicitó al equipo local por su victoria en el partido de la jornada, desmintiendo el aciago resultado de aquella misma tarde y haciéndoles trepar varios puestos en la clasificación general. Meses más tarde desvió un huracán que a esa misma hora debería haber anegado Cartagena de Indias, abortó un golpe de estado de cuyo éxito llevaba todo el día hablando la Agencia EFE y dio la mayoría absoluta al partido socialista que, según el último escrutinio, había recibido un tremendo varapalo.

Era duro enmendar la realidad y una noche, cansado, decidió dejarlo.

Y estos son los números premiados en la Lotería Primitiva -dijo y recito lentamente las cifras apuntadas en su boleto.

En fin.

Andiamo!

birlibirloque 29/02/2008 @ 09:06

            No; no sabría decirles en qué momento ocurrió; ni siquiera en cuál de los estantes del estudio. Fue, eso sí, en invierno; aquel enero en que una densa bruma cegaba, como una gasa blanca, la ventana.

            El caso es que una tarde decidí releer El Quijote y -¡hostia!- vi que el ejemplar estaba inexplicablemente en italiano: aún me veo a mí mismo con el libro abierto y el gesto descolocado.

            Poco a poco el número de volúmenes en la lengua de Dante fue creciendo; los libros –mis libros- se fueron transmutando.

            La experiencia llegó a ser desquiciante cuando el último texto al que me aferraba, un humilde manual de cocina, decidió abjurar también del castellano. No sabría decirles en qué momento ocurrió. Fue, eso sí, en primavera: se veía tan hermoso el Ponte Vecchio desde la ventana...

Bona sera.

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