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Salgo en los papeles

birlibirloque @ 10:29

No, no soy una celebridad ni un personaje pero, este año que termina, los diarios me han reservado–Pablo Barbeito acude al dentista; Barbeito se baña en la playa- un espacio en alguna -no; no le he hecho sombra a Sarkozy, ni al asesino de Virginia- de sus páginas pares.

La primera vez –Don Pablo Barbeito juega a la petanca- me sentí halagado pero bastaron un par de días para que me preguntara quién demonios me espiaba: no me sentía acosado pero me angustiaba que la prensa aireara –Pablo Barbeito de compras en el súper- mi vida privada. Por lo demás, el rotativo seguía haciendo inventario de la realidad: un viaje del Papa por Sudamérica, Castro convaleciente, el consenso en Irlanda del Norte.

Llamé a EL ECO pidiendo explicaciones. Me pasaron con un supuesto alto directivo que me atendió –claro, amigo, no volverá a ocurrir- con ese tono inconfundible que se emplea para despachar a los locos. A partir de ese momento las noticias –Barbeito bebe más de la cuenta; Barbeito tiene problemas de sobrepeso; Barbeito malgasta su sueldo- se volvieron agresivas. Las imágenes me mostraban luciendo una tripa innoble o pegado a una máquina tragaperras.

Puse el tema en manos de un abogado que –lamento no poder ocuparme de su caso…- me acompañó hasta la puerta de su despacho con esa deferencia que reservamos para los pirados.

Decidí no regalarles ni una sola imagen más y me encerré –Pablo Barbeito no ha acudido hoy a la oficina- en mi domicilio. EL ECO, sin embargo, continuó dando cumplida cuenta –Barbeito no se sabe hacer ni un huevo frito; Barbeito abusa de los somníferos- de mi vida doméstica y, el mismo día de la marea negra en Corea del Sur, me mostró en bata y zapatillas.
Ayer tarde me presenté en la redacción del tabloide, destrocé un par de ordenadores y exigí hablar con su Director: el tipo –mañana mismo, señor Barbeito, zanjamos este tema- me miró con esa sonrisa condescendiente que reservamos para los sonados y me regaló un cohiba.

Les he vuelto a llamar a media mañana; no me gusta nada la foto con que ilustran mi esquela.

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Comentarios(4) »

  • Maver — 19-12-2007 - 21:38:56 GMT 1

    Amigos míos: Por si no habéis tenido ocasión de toparos con la joya que me atrevo a copiar en su blog -el de Asterio, nuestro cronometrista de palabras- con el deseo de que opere como el limpia-disco-duros, y se lleve tanta literatura insulsa y barata
    .........................
    Calles del mar, del viento,
    del día duro envuelto en aire y ola,
    callejones que cantan hacia arriba
    en espiral como las caracolas:
    la tarde comercial es transparente,
    el sol visita las mercaderías,
    para vender sonríe el almacén
    abriendo escaparate y dentadura,
    zapatos y termómetros, botellas
    que encierran noche verde,
    trajes inalcanzables, ropa de oro,
    funestos calcetines, suaves quesos,
    y entonces llego al tema
    de esta oda.
    Hay un escaparate
    con su vidrio
    y adentro,
    entre cronómetros,
    don Asterio Alarcón, cronometrista.
    La calle hierve y sigue,
    arde y golpea,
    pero detrás del vidrio
    el relojero,
    el viejo ordenador de los relojes,
    está inmovilizado
    con un ojo hacia afuera,
    un ojo extravagante
    que adivina el enigma,
    el cardíaco fin de los relojes
    y escruta con un ojo
    hasta que la impalpable mariposa
    de la cronometría
    se detiene en su frente
    y se mueven las alas del reloj.
    Don Asterio Alarcón es el antiguo
    héroe de los minutos
    y el barco va en la ola
    medido por sus manos
    que agregaron
    responsabilidad al minutero,
    pulcritud al latido:
    Don Asterio en su acuario
    vigiló los cronómetros del mar,
    aceitó con paciencia
    el corazón azul de la marina.
    Durante cincuenta años,
    o dieciocho mil días,
    allí pasaba el río
    de niños y varones y mujeres
    hacia harapientos cerros o hacia el mar,
    mientras el relojero,
    entre relojes,
    detenido en el tiempo,
    se suavizó como la nave pura
    contra la eternidad de la corriente,
    serenó su madera,
    y poco a poco el sabio
    salió del artesano,
    trabajando
    con lupa y con aceite
    limpió la envidia, descartó el temor,
    cumplió su ocupación y su destino,
    hasta que ahora el tiempo,
    el transcurrir temible,
    hizo pacto con él, con don Asterio,
    y él espera su hora de reloj.
    Por eso cuando paso
    la trepidante calle,
    ..............
    sólo escucho un sonido entre sonidos,
    entre tantos relojes uno solo:
    el fatigado, suave, susurrante
    y antiguo movimiento
    de un gran corazón puro:
    el insigne y humilde
    tic tac de don Asterio.

    ¡Creo que como tu tocayo, pones en funcionamiento la sensibilidad de tus lectores... Voy a llamar a EL ECO para que te dediquen un espacio en la Editorial, para que nos alegre la existencia!.
    Felicidades.

  • Aster — 20-12-2007 - 08:41:18 GMT 1

    Maver, no conocía este poema. Tan difícil -de niño me resultaba asombroso- como encontrar alguien con mi mismo nombre.

    Gracias; es una hermosa composición sobre el tiempo y la ocupación -tan fascinante como inútil- de medirlo.

    Un abrazo.

  • Iván — 21-12-2007 - 17:08:26 GMT 1

    Un relato magnífico. Me ha gustado mucho la manera de hilar la trama del protagonista y algunas de las noticias del año. Sin duda original.
    El periódico acabó dejándole en paz. En la paz eterna, claro.
    Un saludo y un voto.

  • Aster — 21-12-2007 - 18:26:01 GMT 1

    Gracias, Iván, por tu comentario y por tu voto.
    Espero verte a menudo por aquí.

    Un abrazo.

    Aster.

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